¿Por qué tropiezas siempre con la misma piedra?

Las personas viven completamente absortas en sus propios pensamientos, pendientes del pasado y con miedo a que las situaciones de sufrimiento se vuelvan a repetir. Viven tan pendientes del futuro, deseando que las vivencias que les aportaron felicidad o placer ocurran de nuevo, que no se dan cuenta de que en ese bucle de pensamientos atrapados se generan un sin fin de emociones de todo tipo, que van del temor a la ilusión y que, por ello, se olvidan de que en el presente es donde se deben tomar las decisiones que cambiarán su futuro. Se olvidan de que ahora es el momento de vivir conscientemente de todo lo que les rodea, porque lo que ocurre día tras día es que entran en una espiral tipo El día de la Marmota, que acaban convirtiendo en el leitmotiv de sus vidas.

Porque de tanto pensar, al final, lo que más temen es lo que más atraen y lo peor es que sus miedos se convierten en realidad. Basta que no quieran que una situación se repita para que desde ese mismo miedo de manera inconsciente acaben atrayendo a través de diferentes personas, en diferentes lugares y momentos lo mismo que ya habían vivido con anterioridad.

Cuando eso ocurre, la persona se pregunta: ¿pero cómo puede ser que haya vuelto a caer? o ¿me haya vuelto a equivocar?, o ¿me esté ocurriendo esto de nuevo con todo el cuidado que he tenido de no repetir lo mismo? Como no encuentra la respuesta sigue tropezando una y otra vez con la misma piedra, llevando una vida a modo de boomerang, donde todo lo que le da miedo, toda resistencia en su mente hacia situaciones que se puedan repetir y que la hicieron sufrir vuelve de nuevo a ella.

Estamos convencidos de que si no pensamos, no existimos, porque para saber o reconocernos a nosotros mismos creemos que tenemos que pensar pero realmente eso no es cierto. Conseguimos conocernos a nosotros mismos cuando no pensamos. Muchos dirán: pero, ¡qué dices! ¿cómo voy a dejar de pensar? La verdad es que yo tampoco lo creía hace unos años pero ahora os puedo asegurar que sí, que existimos. Y no sólo existimos cuando no pensamos sino que es justo en ese momento cuando hacemos esa transmutación y volvemos al inicio, a la espontaneidad, actuando desde lo que uno es de forma natural, no de lo que su mente cree que es y ahí es donde aparece por fin la paz y con ella la felicidad.

“Por lo tanto se podría decir que alcanzar la felicidad no es una utopía, algo imposible, sino que más bien es el pensamiento mismo el que le impide al hombre alcanzarla mediante el sufrimiento”.

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El ser humano vive en la creencia de que a través de su pensamiento, reflexiones y argumentaciones consigue diferenciarse, consigue ser alguien y que no sólo lo escuchen sino que encima le den la razón. Esa es la lucha de todos en mayor o menor grado. Trata de exponer sus ideas y captar adeptos, que suelen ser personas que no consiguen que los demás les hagan caso o que no destacan con sus propios razonamientos y necesitan adoptar los de los demás para hacerse un lugar en el mundo, sea en el ámbito que sea. De esa manera, dependiendo del grado de necesidad de reconocimiento externo de cada uno, se irá formando una personalidad con una ideología concreta a nivel político, religioso, etc. Se convertirá en antisistema, en luchador de todo tipo de causas para salvar al mundo de todas esas acciones destructivas tanto en seres humanos como en la naturaleza de manera que, al final, la mayor parte de la humanidad estará pensando sin necesidad de pensar. Unos en sus propios miedos, deseos, etc. y otros creando para cumplir los deseos de los demás. Así llevamos desde que el hombre descubrió que ser racional y pensar era una ventaja. Lo es a nivel evolutivo en tecnología pero, ¿qué precio hemos tenido que pagar a cambio de esa evolución? Ya no se trata de dinero. Antes utilizaban una flecha hecha de un hueso para cazar y ahora un súper rifle porque ya no se caza para comer, se caza por placer. De esta manera se van creando argumentos de ventas para convencer a la humanidad que cualquier cosa que tenga valor económico es necesaria para vivir y en ese afán de ganar cada vez más dinero, las personas siguen pensando y pensando. Y lo que uno piensa destruye al otro, como el pez que se muerde la cola. Sufre el que intenta cambiar el mundo por no resistir tanta injusticia; sufre el que no consigue ganar dinero produciendo productos que luego ya no sabe dónde colocar y se acaban desechando; sufre el que construye y sufre el que destruye; el que construye porque el que destruye nunca para, y el que destruye porque nunca tiene suficiente y siempre quiere más.

Piensan para ser más ricos, para ser más importantes, para cambiar el mundo, para criticar, para autocompadecerse, para soñar despiertos, para generar ideas contrarias a las de los demás por la necesidad impetuosa de dar su opinión, para ganar en cualquier ámbito desde la competitividad, para ser más que el otro, para autocomplacerse, para echar la culpa a los demás, para crear divisiones, para unir desde ideologías que al final crean divisiones, para descubrir un remedio a una enfermedad que otros han creado o que uno mismo se crea de tanto pensar y de tanto reprimir miedos, rabias, tristezas, culpas, etc.

Tantos pensamientos y es posible que tan sólo un 5% de la humanidad, por poner un ejemplo (aunque puede que me haya excedido por no quedarme corta), se ha dado cuenta que desde la calma mental es desde donde uno se vuelve más creativo. Lo mejor es que cuando ha conseguido hacer esa transmutación de dejar de pensar de manera compulsiva es cuando se da cuenta de que hasta ese mismo instante su vida, en general, era pura inercia, hábitos y rutinas unidas a emociones que no sabía gestionar. Es entonces cuando se da cuenta de que no necesita el 95% de las cosas que tiene, se da cuenta de que la felicidad no era tan difícil de conseguir, que lo que es realmente difícil es vivir de esa manera en la que había estado viviendo.

¡Qué alivio!, que liberación cuando uno se da cuenta de que el futuro es hoy y que si vive hoy con lo poco que tiene mañana también lo hará. No necesitará más. Tan sólo esa paz de saber que uno se encuentra en el lugar adecuado, que puede mirar a su alrededor siendo consciente de donde está y de quién es realmente. Ya no tendrá que volver a pensar de manera obsesiva, ni de actuar de manera programada por miedo a darse cuenta de su realidad, de esa realidad que se ha creado y que le han creado, creyéndosela de tal manera que vive completamente condicionado por el exterior, no por su corazón.

Así, de esa manera tan sencilla que, a la vez parece tan difícil, es como uno no vuelve a tropezar de nuevo con la misma piedra.

 

 

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